jueves 17 de enero de 2008

Para ser bella hay que sufrir


Mi madre me lo decía de chica, pero yo no entendía la magnitud de aquella frase. Y si, cuando somos chicos no hay que hacer esfuerzos: uno ya es lindo, simpático, adorable. Alguien que les genere a esas señoras grandotas de vestidos floreados la necesidad de apretar cachetes con pellizcos no tiene dudas de su belleza. Ya de grandes es otra historia. Peor si te toca ser mujer.

Lo descubrí la primera vez que me depile. Fue espantoso. O sea, analicemos con cuidado lo que estamos haciendo: echamos cera caliente sobre nuestro cuerpo y luego tiramos de ella hasta que nos arranca los pelitos, uno por uno, de raíz, en una odisea dolorosa que acaba con la continuidad de los tiempos para llevarnos a “Dolorlandia”. Suena a tortura de la época de la inquisición. Pero no, señores. Es una rutina de cada 15 días o mes (dependiendo lo afortunada que seas) que se repite hasta el fin de tus días o hasta que juntes para una depilación definitiva (lo que llegue primero).

El dolor depilatorio varía y se hace soportable con el tiempo según las áreas. Ya me decía también mi mamá, como anticipando el Apocalipsis: “Después de un tiempo te acostumbras”. Y si, te acostumbras… a depilarte las piernas. Jamás te repones del cavado.


Con el tiempo agarras técnicas, que más que técnicas son tics nerviosos que se dan de manera inconsciente: pellizcar el área a depilar, soplar la cera mientras la vas colocando, cerrar los ojos antes de pegar el tirón, aguantar la respiración, poner dura la panza. Pelotudeces que uno inventa y que no eliminan el horrible dolor que se siente.

Aún así, la cera, por más tenebrosa que suene, es el mejor método. Araceli Gonzalez con las patas apoyadas en una heladera no me venden una maquinita eléctrica ni en pedo. No importa si te pones una bolsa de Pololín mientras te depilas, esas maquinitas son una tortura china: arrancan pelo por pelo.

Ni hablar de cremas y esas cosas que te ilusionan por un rato y que después terminas sintiéndote como un puercoespín furioso. Prefiero el tirón seco, lo malo debe ser breve pero efectivo.

Mientras me depilo me acuerdo de mi vieja (en realidad me acuerdo de las madres de casi todo el mundo con frases al estilo “la put… que lo parió”), que con sus sabías palabras me anticipo una de las crueles torturas que me esperaban. Pero no importa. Terminé y me miro las piernas rojas, me pongo litros de crema, me las vuelvo a mirar. Suaves, hermosas. Es un momento tan mágico que casi hace que todo valga la pena. Casi. Hasta el mes que viene.




3 comentarios:

Cecilia dijo...

Una sufre, pero cuando ve sus piernas suaves y sedosas(:P)se siente realizada.
Si, yo soy muy feliz con pocas cosas.

Petron dijo...

por suerte no puedo sentirme identificado con el texto...

MIS PIERNAS SON SIEMPRE SUAVES Y SEDOSAS!!!

:P

que bueno que la sociedad solo exige que las mujeres se depilen...

maria pia dijo...

seré bicho raro, pero a mí me duele menos el cavado que las piernas... (?)